Teofrasto (322 a. C.), en su libro De historia plantarum(Historia de las plantas), fue el primero en mencionar la existencia de los anillos de árboles y el hecho de que se formen anualmente, aunque esto último no fue aceptado por los botánicos modernos sino hasta principios del siglo XIX. En el siglo XV, Leonardo da Vincireconoció la relación entre los anillos y las precipitaciones atmosféricas en el periodo vegetativo: “Los anillos en los troncos de árboles cortados muestran los años y, según su espesor, años más o menos secos…”

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El uso de los anillos de crecimiento para datar fenómenos climáticos comenzó en Francia en 1737, con Henri-Louis Duhamel du Monceau y Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, y en 1745, en Suecia, con Carlos Linneo, quienes contando los anillos hacia el pasado dataron una fuerte helada ocurrida en 1708-1709, usando sólo un ejemplar. Más tarde, en 1783, Friedrich August Ludwig von Burgsdorf (padre del datación por comparación[cross-dating, en inglés], según R. A. Studhalter) examinó varios ejemplares y llegó a la misma conclusión. En 1827, Alexander Catlin Twiningredescubrió este fenómeno. Se dio cuenta de que, durante todo el periodo de su crecimiento, cada árbol lleva un registro de las estaciones, y de que todos los árboles de un mismo lugar «cuentan la misma historia»

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A partir de esa data, varios botánicos comenzaron a estudiar los anillos de árboles como una posible herramienta para conocer la historia de los bosques. En la segunda mitad del siglo XIX, Robert Hartig impulsó enormemente la investigación de la dendrocronología en Europa, gracias a una clara concepción del desarrollo de los anillos a través de un detallado estudio sobre los efectos de las heladas y de los daños por actividad de insectos.

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Sin embargo, la dendrocronología como ciencia debe ser atribuida no a un botánico, sino a un astrónomo: el estadounidense Andrew Ellicott Douglass. A los 27 años, A. E. Douglass trabajaba en el Observatorio Lowell, en Flagstaff, Arizona. Pensaba que la actividad de las manchas solares podía influir sobre el clima en la Tierra, y estaba buscando la relación entre la actividad cíclica de las manchas solares y el comportamiento de las precipitaciones pluviales. En 1914, logró construir una cronología compuesta de 500 años de Pinus ponderosa, y en 1937 fundó el Laboratorio de Investigaciones sobre los Anillos de los Árboles, en la Universidad de Arizona. En Europa, fue el botánico Bruno Huber quien comenzó a desarrollar esta disciplina durante la primera mitad del siglo XX, pero pasaron más de 30 años de la fundación del primer laboratorio para que en el resto del mundo se establecieran institutos semejantes.

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Debido a la escasez y la discontinuidad de la base de datos meteorológicos, su búsqueda lo llevó a indagar períodos en las secuencias de la anchura de los anillos que tuviesen relación con la actividad solar en la formación de las manchas solares; descubrió entonces, en 1901, una posible relación entre los factores climáticos y el crecimiento radial de los árboles. Observó que era posible determinar incluso el año calendario exacto a aquellas muestras de edad desconocida, correlacionándolas con una cronología–anchura de anillos fechada previamente.

 

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