¿Qué es la arboricultura?

Arboricultura es la ciencia que comprende la selección, propagación, cuidado y tala selectiva de plantas perennes y leñosas, como árboles y arbustos, el estudio de su crecimiento y que incluye a las prácticas tradicionales.

Su objetivo es gestionar pies individuales, generalmente situados en jardines o áreas urbanas, para aumentar su salud, longevidad, resistencia a patógenos y mejorar sus características estéticas. No obstante, es una ciencia autónoma, independiente de la ciencia forestal o silvicultura, que gestiona, mantiene, explota y conserva los bosques naturales.

Se considera que la arboricultura es a la silvicultura lo que la jardinería a la agricultura.

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Compuestos orgánicos volátiles biogénicos (COVBs)

Un aspecto importante a considerar cuando se valoran los efectos de los árboles en la calidad del aire urbano es que emiten algunos compuestos orgánicos volátiles biogénicos (COVBs). Estos compuestos químicos (principalmente isopreno y monoterpenos) forman los aceites esenciales, resinas y otros compuestos orgánicos que las plantas utilizan para atraer agentes polinizadores y repeler predadores. Como se mencionó anteriormente, los COVBs reaccionan con NOx formando ozono. Esto significa que los COVBs emitidos por los árboles contribuyen a la producción de ozono. Si bien esa contribución debe ser considerada pequeña, las emisiones de COVBs pueden exacerbar el problema del smog.

No todas las especies de árboles, sin embargo, emiten altas cantidades de COVBs. Las especies que mayor cantidad de isopreno emiten y que deben ser plantadas con atención son:

Casuarina
Eucalyptus
Liquidambar
Nyssa (tupelo)
Platanus
Populus (álamo)
Quercus (roble)
Robinia
Salix (sauce)

Árboles que están bien adaptados al entorno y se encuentran saludables no deben ser retirados ni reemplazados sólo porque emiten COVBs. La cantidad de emisiones de hidrocarburos que pueden producirse por el mantenimiento de un árbol que emite pocas cantidades de COVBs puede ser más perjudicial que las grandes emisiones de COVBs de alguna especie de la lista anterior.

Los árboles no deben ser catalogados como contaminantes ya que sus beneficios en la calidad del aire son mucho mayores que los daños que puedan ocasionar las emisiones de COVBs aumentando la concentración de ozono. Las emisiones de COVBs crecen exponencialmente con la temperatura. Por ende, mayores emisiones ocurrirán a mayores temperaturas. En climas desérticos, los árboles nativos adaptados a condiciones hostiles emiten cantidades de COVBs significativamente menores que árboles de climas húmedos. Como se discutió anteriormente, la producción de ozono también depende de la temperatura. Así, la mejor manera de reducir la producción de ozono y de COVBs es reducir las temperaturas urbanas y el efecto de la isla de calor. Como se sugirió anteriormente, la mejor manera de reducir la temperatura urbana es aumentar la cubierta vegetal y particularmente la cantidad de árboles.

Los efectos del arbolado urbano en la producción de ozono fueron descubiertos recientemente por la comunidad científica, aunque investigaciones extensas y concluyentes aún no han sido realizadas. Se realizaron algunos estudios cuantificando los efectos de las emisiones de COVBs en la formación de ozono, pero no se determinó concluyentemente la contribución del arbolado urbano en esa producción. Importantes preguntas continúan sin respuesta. Por ahora, se desconoce si existen suficientes reacciones químicas entre las emisiones de COVBs y NOx que produzcan cantidades nocivas de ozono en los medioambientes urbanos. Es necesario e importante para las ciudades estar atentas a que estas investigaciones continúan y las conclusiones no deben ser expuestas hasta que no hayan sido recolectadas las evidencias pertinentes. Nuevos estudios e investigaciones podrán resolver estos interrogantes.

Fuente: Wikipedia.

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Dendrocronología

Teofrasto (322 a. C.), en su libro De historia plantarum(Historia de las plantas), fue el primero en mencionar la existencia de los anillos de árboles y el hecho de que se formen anualmente, aunque esto último no fue aceptado por los botánicos modernos sino hasta principios del siglo XIX. En el siglo XV, Leonardo da Vincireconoció la relación entre los anillos y las precipitaciones atmosféricas en el periodo vegetativo: “Los anillos en los troncos de árboles cortados muestran los años y, según su espesor, años más o menos secos…”

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El uso de los anillos de crecimiento para datar fenómenos climáticos comenzó en Francia en 1737, con Henri-Louis Duhamel du Monceau y Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, y en 1745, en Suecia, con Carlos Linneo, quienes contando los anillos hacia el pasado dataron una fuerte helada ocurrida en 1708-1709, usando sólo un ejemplar. Más tarde, en 1783, Friedrich August Ludwig von Burgsdorf (padre del datación por comparación[cross-dating, en inglés], según R. A. Studhalter) examinó varios ejemplares y llegó a la misma conclusión. En 1827, Alexander Catlin Twiningredescubrió este fenómeno. Se dio cuenta de que, durante todo el periodo de su crecimiento, cada árbol lleva un registro de las estaciones, y de que todos los árboles de un mismo lugar «cuentan la misma historia»

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A partir de esa data, varios botánicos comenzaron a estudiar los anillos de árboles como una posible herramienta para conocer la historia de los bosques. En la segunda mitad del siglo XIX, Robert Hartig impulsó enormemente la investigación de la dendrocronología en Europa, gracias a una clara concepción del desarrollo de los anillos a través de un detallado estudio sobre los efectos de las heladas y de los daños por actividad de insectos.

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Sin embargo, la dendrocronología como ciencia debe ser atribuida no a un botánico, sino a un astrónomo: el estadounidense Andrew Ellicott Douglass. A los 27 años, A. E. Douglass trabajaba en el Observatorio Lowell, en Flagstaff, Arizona. Pensaba que la actividad de las manchas solares podía influir sobre el clima en la Tierra, y estaba buscando la relación entre la actividad cíclica de las manchas solares y el comportamiento de las precipitaciones pluviales. En 1914, logró construir una cronología compuesta de 500 años de Pinus ponderosa, y en 1937 fundó el Laboratorio de Investigaciones sobre los Anillos de los Árboles, en la Universidad de Arizona. En Europa, fue el botánico Bruno Huber quien comenzó a desarrollar esta disciplina durante la primera mitad del siglo XX, pero pasaron más de 30 años de la fundación del primer laboratorio para que en el resto del mundo se establecieran institutos semejantes.

Resultado de imagen de Laboratorio de Investigaciones sobre los Anillos de los Árboles

Debido a la escasez y la discontinuidad de la base de datos meteorológicos, su búsqueda lo llevó a indagar períodos en las secuencias de la anchura de los anillos que tuviesen relación con la actividad solar en la formación de las manchas solares; descubrió entonces, en 1901, una posible relación entre los factores climáticos y el crecimiento radial de los árboles. Observó que era posible determinar incluso el año calendario exacto a aquellas muestras de edad desconocida, correlacionándolas con una cronología–anchura de anillos fechada previamente.

 

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